Estética culinaria: una mirada sensible a la memoria y el respeto por las cocinas tradicionales. - Asociación Colombiana de Chefs

Estética culinaria: una mirada sensible a la memoria y el respeto por las cocinas tradicionales.

Elaborado por: Esteban Ortiz Gallego.

Profesional en gastronomía – Investigador y docente.

 

Hablar de estética culinaria no significa limitar la mirada a la presentación de un plato, al montaje refinado o a las formas contemporáneas de servir los alimentos. La estética, en la cocina, habita también en lo cotidiano: en una olla que hierve lentamente, en el aroma del hogao, en la abundancia de una mesa familiar, en el color de un sancocho, en la textura de una arepa recién asada o en el sonido de una preparación que se comparte. La comida no solo se observa; se huele, se toca, se escucha, se recuerda y se siente. Por eso, la experiencia gastronómica debe comprenderse como una relación profunda entre estímulo, sensación y percepción, donde cada alimento activa los sentidos, despierta emociones y se interpreta desde la historia personal, social y cultural de quien lo recibe .

Desde esta perspectiva, la estética culinaria no puede ser reducida a un modelo único de belleza. No existe una sola forma legítima de presentar, preparar o valorar una comida. La estética de una cocina tradicional no debe compararse en desventaja con las propuestas de la cocina de vanguardia, ni medirse con los mismos criterios de minimalismo, técnica sofisticada o composición visual. La tradición posee su propia estética: una estética de la abundancia, del gesto heredado, del utensilio usado por generaciones, del plato servido con generosidad, del sabor intenso, del ingrediente territorial y de la memoria que acompaña cada preparación. La estética gastronómica varía según el lugar, la cultura, los ingredientes, las técnicas y los rituales asociados a cada contexto; por ello, debe ser leída desde sus propios códigos y no desde categorías externas que desconozcan su sentido cultural .

La cocina tradicional, entonces, no es una cocina “simple” ni “menor”; es una construcción sensible que contiene relatos, afectos y formas de habitar el mundo. Cada preparación conserva una memoria colectiva: las recetas familiares, los modos de cocción, las formas de servir, los tiempos de la mesa y los saberes transmitidos configuran una experiencia estética que va más allá del gusto. En este sentido, la comida se convierte en un testimonio vivo de la historia de un pueblo, pues cada alimento relata una herencia, una mezcla de tradiciones y una manera particular de comprender el territorio .

Por ello, una lectura respetuosa de la estética culinaria debe reconocer tanto el plato servido en un restaurante “galardonado” como la preparación cotidiana realizada por una portadora o portador de tradición. Ambos pueden producir experiencias sensibles, pero responden a lenguajes distintos. La cocina tradicional comunica desde otros lugares: desde el fuego, la mano, el tiempo lento, la memoria oral, la repetición del gesto, la sazón aprendida y el vínculo comunitario. Su belleza no siempre está en la simetría del plato, sino en la potencia del sabor, en la historia que sostiene la preparación y en la relación afectiva que genera con quienes la comen.

 

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